Relatos de Ana Lucía Ortega, Crónicas y Desamores

Bienvenida Ana Lucía Ortega a Universo Increíble con tu alforja plena de historias cotidianas que en tu corta vida has ido recorriendo y escribiendo.

Cuando tuve en mis manos sus relatos descubrí que estaban fechados en el cubanísimo pueblo de Güira de Melena.  Eso me animó aún más a leer, disfrutar, y regalar a los lectores de este Blog, las historias que va desgranando Ana Lucía.

Nació cubana, curiosa,  periodista de TV. Fue guionista. Obtuvo importantes premios.

Después se volvió escritora, autora de libros sobre iglesias y museos cubanos.  “Iglesias de Cuba” y “Museos de Cuba” fueron editados por la española “Agualarga Editores”. El primero se colocó en la lista de los bestsellers en la categoría de no ficción en la ciudad de Miami, en 1999.

Hoy vive en Madrid atada a su escritura y a sus investigaciones. Se ha hecho universal como pedía Martí.

Para su  debut en Crónicas Cubanas  tomé de su obra “Relatos de la Tierra de la Siguaraya” uno que llama fuertemente la atención porque me traía mis propios recuerdos porque el escenario me era muy cercano.

“El Rebaño Seductor”  muestra pasajes en Cuba,  que hemos andado muchos de nosotros, pero que no llegamos a reflexionar con la claridad que nos lo regala Ana Lucía.

Hoy en Universo Increíble presentamos a Ana Lucía Ortega Alvarez.

“El Rebaño Seductor”

S

entía latidos en la mano derecha. Solté la afiladísima mocha y me incorporé, liberando mis posaderas exiguas del martirio de aquél blancuzco ladrillo de hormigón que fungía como banco. Caminé lentamente por entre los otros baliceros provisionales. Tan sólo cuatro.  Yo era la quinta y la única mujer. El hiriente sonido de la mocha, al rajar la madera joven y delgada, me erizaba. No era éste un golpe sordo sino rasgado y calculado, un “zas” metálico, a veces crujiente como una especie de “crac” leñoso; otras, un silbido feminoide, una suerte de “psss” que me ponía carne de gallina.

La afonía ambiental se quebraba únicamente con este sonido acompasado: crac, psss….

“-¿Estás cansada?” Había sido un balicero cortés. Tan solo dije: “-Me duele terriblemente la mano. No estoy acostumbrada.” Y el jefe de brigada expresó algo utilizando medias palabras, “-De toa manera, tú hé la mujé que mápalo ha hecho. Too el mundo lo vá a sabé ené canal.” Tuve que reírme, ¿qué otra cosa iba a hacer? Comenté: “-Te vas a tragar el tabaco.”

Pero a los diez o quince minutos regresé a ocupar mi posición. Sentí en mis glúteos mordiscos simultáneos “chin” “chin” “chin”. “¡Ay! Salió de mi garganta aquél lamento. El banco de hormigón se resistía a continuar soportando el peso de mi humanidad. O ¿serían mis posaderas las hartadas de apoyarse en una superficie ríspida, granulosa, ladrillosa? Con la mano derecha así no obstante la mocha y me convertí en ejecutante de aquella suerte de quinteto metálico-cortante-leñoso “crac” , “psss”, “crac”, “psss”. Me acordé de Papillón haciendo trabajos forzados, me acordé de escenas de la película “Escape de Alcatraz”,  ¡qué ilógica asociación de ideas!

La verdad aquí era una sola. Trabajando el tiempo transcurría; ociosa, se detenía irremediablemente. Corría el mes de septiembre.

Todo comenzó aquel lunes en que mi espalda resistía el oneroso peso de mi desteñida mochila morada que la obtuve por medio de un trueque con Elisa, una buena mujer que trabajaba en la limpieza de la escuela donde  mi madre era subdirectora docente. Yo cumpliría a partir de aquél lunes con la honrosa misión de incorporarme a las actividades agrícolas por un periodo de quince días en el Campamento La Rosita, enclavado en el poblado habanero de Güira.

Estuve intentando zafarme de encima aquella tarea harto desagradable y siempre puse por delante el problema mecánico de mi rodilla derecha que no soportaba bien los ambientes húmedos ni las posturas de cuclillas, pero la Ujotacé, el Sindicato, la Revolución, la Idea, el Marxismo-leninismo, la Consagración, el Período Especial, se aunaron para hacerme una encerrona en cuyas redes caí cual un pichón escurrido de un nido pajoso.

¿Qué otra cosa habría podido hacer? Ya estaba rodeada de los ruidos rurales, guarneciendo mis blanquecinas carnes urbanas de los rayos solares montesinos, mis manos de periodista de televisión taperujadas bajo guantes tejidos y mis glúteos, chamuscados por los pinchazos rocosos de aquel bloque de ladrillo donde trabajaba como parte de la brigada de baliceros.

Por suerte, mi pseudo enfermedad locomotora, traída por los petos como eficaz carta de presentación y la feliz coincidencia de sentarme justo delante del jefe de producción de La Rosita en el transporte colectivo que nos alejaba de la ciudad rumbo al campamento agrícola, permitieron mi inclusión en la brigada Nueve cuya función consistía en sacarle puntas con las mochas, a las balizas destinadas a hacerle compañía a las posturas de tomate empalado. Éramos todos semi-inválidos. Estaba Pardiño, aspirante a ser intervenido quirúrgicamente por sus hemorroides; el viejo Marcelino, con tres cirugías en tres vértebras; Eduardito, el hijo de diecisiete años de “Cebolla” el jefe de brigada, y cuya invalidez se localizaba en el cerebro. Pero también estaba Trompeta, (no era mote, sino apellido) un negro joven y fuerte, de los “permanentes” de La Rosita, pero que la carencia de calzado apropiado lo había alejado de los trabajos más rudos. La brigada nueve cumplía su norma  gracias al ejercitado miembro superior derecho de Trompeta, quien de un solo tajo cercenaba la madera amarillo-rosácea, la madera amarillo-grisácea, en uno de sus extremos romos, que al tercer o cuarto “psss”, exhibía una exquisita talla puntiaguda, como hecha a propósito para ser empleada en un ritual indígena. A veces, yo aparaba la vista de mis puntas y la echaba sobre el paisaje en mi derredor, y no podía evadirme de la idea de pertenencia a una tribu “taparrabeada”, cuando divisaba a Pardiño, con una baliza cuya punta descansaba sobre otro ladrillo, ubicado entre sus piernas entreabiertas. Y sobre aquél ladrillo, se ejecutaba aquél milagro de realización escultórica. Allí emergía, entre el silbido, el chasquido y el golpe errado, una punta de líneas suaves, tersas como piel de adolescente.

Daba a veces vértigo, ver elevarse medio inclinada, a la baliza que segundos antes reposaba inerte entre un mazo de somnolientos maderos, y verla gemir bajo el tajo agudo, voltear su arbórea esbeltez para ofrecer otro ángulo suyo, voltearse una vez más, y otra, y al fin enderezarse con cierto recato, para que el metal afilado limara sus asperezas e imperfeccione. E incluso después verla, lanzándose con donaire al grupo de balizas con punta que sobre la tierra, constituían ya un montículo de lanzas guerreras. “Crac” “Psss” “Crac” “Psss”.

El sol a cierta distancia del cenit, era el cacique que avisaba a nuestra tribu un alto en los gemidos arbóreos. Entonces yo me solazaba sentada encima del sombrero de yarey, para impedir mayores sacrificios a los glúteos, ahora apoyados sobre la tierra húmeda aún. La espalda, sobre cuatrocientas balizas puntiagudas, ya colocadas unas sobre las otras, conformando una suerte de pared postiza. Y allí, entre las balizas, reposando mi cuerpo ultrajado por la rudeza del trabajo agrícola, engullía el pan con pasta de pescado y el refresco de cola de la merienda. Luego, tomábamos el porrón de barro cocido uno por uno todos los indígenas.

Lo elevábamos por su asa superior por encima de nuestras cabezas, y con la otra mano lo obligábamos a entregarnos el agua fresca que destilaba por la boquilla pequeña. Y entonces surgía aquella anécdota que en algunos pueblos de Cuba había escuchado, y que tal parecía ocurrida por primera vez en cada uno de los sitios relatores que la ofrecían como primicia local, y que versaba de cómo se había degollado con su propia mocha en el cañaveral, el machetero que tras haber bebido de su porrón, sintiera en su garganta la ponzoña venenosa del alacrán taimado, náufrago en las aguas prisioneras del barro rojo cocido.

Me sentía en casa propia, como si, desde mis inicios fuera parte de aquel paisaje rural, como si a él perteneciera sin conocimiento previo de mi ubicación en tal espacio. Era un objeto más, en suma, un animado objeto al que solo le estaba permitido comer, defecar y sacar puntas. Me dejé llevar sencillamente por las densas aguas que rodearon mi cuerpo aquella mañana, cuando al descender del ómnibus sentí bajo mis plantas el fango rojo; y mis ojos se toparon con las paredes blancas bochornosamente maculadas en sus inferioridades por el tinte rojizo del terreno circundante; y todos mis sentidos fueron fuertemente fustigados al traspasar el umbral de “aquéllo” que sería mi habituación durante quince de mis días.

El suelo del dormitorio soportaba tanta tierra como la tierra misma, la colchoneta sudaba polvo rojo, y la litera de dos camas hecha con desnudas cabillas soldadas, gemía bajo el peso de mi humanidad recién llegada. Me apropié del sitio cercano a la ventana en mi afán de evadir insectos nocturnos nauseabundos y para únicamente gozas de la muda compañía del  techo acanalado del albergue. Y fui mirando, una a una, a las nueve mujeres que compartirían conmigo aquel cubículo cuyo vínculo con el exterior se remitía a cuatro ventanas y a una puerta, y que exhibía con cierto garbo dos ventiladores de techo, símbolos aquí de un confort citadino.

Una duda lacerante de pronto vino a lastimar aún más mi cerebro, totalmente atontado ante la visión de aquélla, mi prisión voluntaria. Súbitamente recordé mi incapacidad de adaptación a las letrinas sanitarias y la imposibilidad de adquirir en medio de tanta vegetación las publicaciones periódicas que emplearía en lugar del papel higiénico. Me asaltó asimismo, el recuerdo de una de las tonadas que solíamos cantar cuando siendo estudiantes de la enseñanza media, asistíamos a las movilizaciones agrícolas: Poro Po Pón/ Po Pón/ El Himno del Tibor/ Poro Po Pón/ Po Pón/ El Himno del Tibor/ ¡Qué trabajo pasa el ano cuando viene un mojón plano!/ ¡Qué trabajo pasa el culo cuando viene un mojón duro!/  Poro Po Pón/ Po Pón/ El Himno del Tibor/ Poro Po Pón/ El Himno del Tibor/ Cuando vayas a cagar no te limpies con el papel/ Porque el papel tiene letras/ ¡Y el culo aprende a leer!/ Poro Po Pón/ Po Pón/ El Himno del Tibor/ Poro Po Pón/ El Himno del Tibor/….

Pero mi duda se disipó tan rápido como había anidado en mi mente cuando la jefa del cubículo designada casuísticamente entre las recién llegadas nos espantó la noticia de que gozaríamos del eximio privilegio de recibir papel higiénico. El aviso, lanzado al vuelo con euforia, nos provocó derramas algunas lágrimas que algunas intentamos escamotear para ocultar la emoción que nos produjo el conocimiento de que tendríamos aquello que en nuestros hogares nos vedaba el  mercado socialista. ¡Y habría más! Nos correspondían un jabón de baño y otro de lavar por cada dos personas, tendríamos sabanas empercudidas y almohadas tapizadas de fundas que fueron víctimas de sabría Dios cuántos fumadores trasnochados, nos tocada un receptor radial, ¡oh, Virgen María! ¡Esto era un hotel! Y luego, si dejábamos escapar a la vista hacia la espesura del verde platanal que fungía como centinela erecto e insomne, ¡cuánto deleite nos daría la espectacular visión del regadío de microjet! ¡Cómo no despertaría nuestra fantasía la sinfonía del agua iridiscente, que emergía subrepticiamente por entre plásticos y pequeñísimos surtidores apostados en fila interminable!

No podía volver atrás. A los imponderables materiales se sumaron otros de carácter subjetivo, que por pasearse entre la espiritualidad de los hechos, constituían un impedimento más férreo. Fui entonces cautiva del concepto, de la frase mágica que pesaba sobre nuestras conciencias y estaba encima de nuestras cabezas, allá, observándonos, omnipresente, desplegando un manto invisible de obligatoriedad y acatamiento a las reglas del Campamento. La Permanencia era la  frase que escuchábamos en las horas menos apropiadas. Ella se mantenía oculta, agazapada cual felino en pos de su presa y saltaba en aquellos instantes en que flaqueaban nuestras fueras e inclinábase una a preferir la paz hogareña a las improvisadas “comodidades” de la hostelería rural.

Ella entonces nos rodeaba sutilmente. Nos cuchicheaba al oído como a veces lo hace esa vocecita interior que es nuestra conciencia, y nos recordaba que llegar con el Reconocimiento a la Permanencia era visto como un mérito en la evaluación anual del Sindicato a cada trabajador. Y es que además, ¿desde cuándo no comíamos unos garbanzos tan sabrosos, o aquel muslo de pollo en salsa de tomates, o aquel parguito frito? Esta alimentación no la teníamos en nuestras casas. Como tampoco teníamos el papel higiénico, el café con leche del desayuno, el refresco de cola y el panecito con pasta de pescado. O el revoltillo de huevos con spam. O el bacalao en salsa. O los calamares en su tinta. O la cajetilla de cigarros al precio de un peso con sesenta centavos. Y nos tocaban tres cajetillas semanales, lo que en la ciudad solo alcanzábamos en dos meses.

Eche mano a esos mecanismos mentales que yacen ocultos en nuestros vericuetos íntimos y decidí solazarme con el aire descontaminado y extirpar las preocupaciones de mi atiborrado cerebro. Limitábame entonces, luego de las primeras setenta y cinco puntas de balizas, a tumbarse sobre la hierba menos húmeda para permitir a mis pupilas, ciertos escarceos con las blancas nubes que se perfilaban sobre un fondo azul marino inconmensurable. O más tarde, aprovechando aun la fragilidad de los rayos solares, dábame a perderme por un trillo escoltado de troncos retoñados, que puestos en fila y enlazados por sus talles con una cinta de alambre de púas, conformaban una cerca que limitaba una extensa zona de pastoreo.

Tras la valla, los más cercanos al trillo eran guayabos jóvenes, acompañados de hoscos marabuzales, demasiado extendidos. Más allá, las palmas reales alternaban con jagüeyes y framboyanes en flor; pero luego una tupida cortina verde de árboles anónimos me limitaba apreciar el resto. Yo sabía que tras aquéllos verdores ocultábase un rebaño de toros bravos que habían sido trasladados a la zona para ser domesticados y sometidos al yugo del labrantío. Tal vez, eran descendientes directos de los famosos ejemplares de Jarama o quizás, un día oyeron hablar de corridas y cornadas, de banderilleros y escarapelas y por una razón o por la otra tornáronse desafiantes e invictos. Pero allá estaban, libando el rocío que dejaba la noche sobre las hierbas, para calmar la sed en la espesura, muy lejos de la presencia humana.

Yo lo sabía por los relatos de Trompeta, quien amenizaba el paso denso del tiempo sin dejar de elevar y dejar caer su brazo mecánico con ritmo acompasado. Y entre punta y punta, Trompeta nos narraba las hazañas bovinas, nos hacía partícipes de una epopeya legítima, que era en lo que convertía el enfrentamiento del hombre al animal desesperado por salvar su libertad del yugo. Imaginábame mientras Trompeta hablaba, la colisión de las bestias hermosas contra la cerca, llegaba hasta a sentir sus jadeos y sus gemidos lastimeros, veía sus ojos redondos e inmensos buscar una salida, intuía sus cueros sudados, sus cascos poderosos contra la tierra punzó y por eso, sin haberlos conocido, yo llegué a amarlos.

Como casi todas las tardes de aquella segunda quincena de septiembre, el cielo tomaba grises matices de forma abrupta y el sol, escabulléndose entre nubarrones amenazadores, nos anunciaba la caída de la lluvia. Mas, una jornada fuimos súbitamente sorprendidos por la ventisca acuosa sin habernos percatado de los tímidos avisos del astro amigo. A nuestras espaldas, acercábase ya a pasos agigantados lo que prometía ser una tormenta local.

Habíamos avistado tras las cortinas vegetales del horizonte campestre, una especie de velo transparente longitudinal que se rizaba en algunas de sus porciones, con una intensidad que nosotros apreciamos con temor. La mole horizontal de agua huracanada ganaba terreno a gran velocidad y se aproximaba, empapando con furia loca las posesiones del rebaño de toros bravíos. Despavoridos, los baliceros corrimos a refugiarnos a una cabaña, morada del pastor de las ovejas que eran propiedad de La Rosita. Y parapetados tras algunos maderos allí olvidados que colocamos a modo de puerta en la ancha boca de la rustica edificación recibimos gozosos la llegada de otros seres humanos que habían estado haciendo guardia revolucionaria entre los platanales cercanos.

Y rodeados de los comentarios carentes de tacto de un guajiro de la zona, también refugiado junto a nosotros, quien despalillaba los anales de los desastres causados por los rabos de  nube en el área, fuimos testigos del ensañamiento del cielo con la tierra. A través de los muchos boquetes de la cabaña, observamos medrosos, cómo crecía y se erguía con indestructible poder el rabo de nube gris que engullía a su paso el objeto apetecido. El remolino sediento aullaba y mientras lo hacía, inclinábase hacia uno y otro lado, pero enseguida volvía a adquirir estatura y cada vez aumentaba más su diámetro. La columna diabólica venía acompañada de centellas resplandecientes que dejábanse  ver durante segundos brevísimos, a través de la gris espesura del firmamento.

Un espectáculo único, que a pesar del pavor que provoca, vale admirar alguna vez en la vida.

Luego del alejamiento del rabo de  nube colosal abandonamos presurosos el refugio que resistió las embestidas del viento por puro milagro, y comenzamos a treparnos a una carreta alada por un tractor que cruzaba camino al Campamento. El terreno anegado se había transformado en una ciénaga que sin compasión nos atrapaba por los pies e insistía en mantenernos cautivos. “Cebolla” el jefe de brigada, fue atacado por un impulso aplastante de responsabilidad, porque prefirió andar a pie el lodazal antes que dejar abandonado entre las balizas, el estandarte de “Brigada Destacada” que habíase mantenido incólume ante las arremetidas del temporal. Mientras la carreta se alejaba, vi a “Cebolla” retroceder unos metros chapoleteando en el fango rojísimo y más allá, en la espesura de guayabos y marabúes, creí avistar el jefe de la manada bravía.

La humedad ambiental hacía estragos en mi rodilla derecha. Al día siguiente amanecía con punzantes dolores y hube de someterme a la calurosa fisioterapia de la lámpara de la enfermería. Fue por esos días que “Cebolla” me aconsejó la astucia de abandonar La Rosita antes del quincuagésimo día, portando el Reconociendo a la Permanencia. Acudí a Aníbal el jefe del Campamento, y le confesé mis pesares articulatorios y mi arrojo al acudir a la agricultura aun siendo una persona enferma, lo convencí también de la veracidad de una consulta con mi ortopédico, convenida para el sábado próximo.

Él estuvo de acuerdo en que yo era merecedora del estímulo y luego de arrojar junto a mí, la bilis acumulada durante tantos y tantos meses de estar confinado a aquellos sitios terrenales por encomienda del Partido Comunista del que era miembro incondicional, insistió en verme el viernes, la víspera de mi partida, para firmar el documento ansiado.

Llego el viernes, y con él, casi palpé las sabanas de mi lecho; casi sentí alrededor de mis glúteos la frialdad de la taza sanitaria; casi experimente la sensación de bienestar que me ofrecía el sueño durante la mañana, sin la amenaza de escuchar la diana mambisa que una grabación lanzaba al éter del Campamento a las cinco y treinta de la madrugada, acompañada de la voz pedante que anunciaba a los compañeros movilizados, el inicio de una nueva jornada agraria para cumplir con la Revolución y el Comandante en Jefe. Entusiasmada con la cercanía del fin de mi odisea, solo saqué punta a cincuenta balizas durante la jornada matutina; y la tarde, con un bochorno inusual arrojo una pesadez terrible sobre mi cuerpo. En las primeras horas del día, había conseguido ya el reconocimiento de marras y nada ni nadie podían importunarme, salvo…..la idílica visión de aquel rebaño que tanto hube de imaginar en sus colores y rasgos.

¡Estaban ante mí! Estaban ante nosotros. Todos los baliceros nos pusimos en pie para apreciar mejor el espectáculo de un ejemplar bermejo, robusto, atravesando por entre los guayabos cercanos y acercándose al abrevadero. Tras él emergía uno tras otro, el resto de la manada salvaje. Y era uno tan negro como una noche campestre sin estrellas; y el otro moteado como cielo con luceros; y más allá el blanco, que venía bufando e hincando un casco en la tierra mullida. Cautelosos, uno tras otro abrevaba. Todos los sentidos puestos en el espacio circundante. El jefe había saciado la sed el primero, y ahora vigilaba para evadir a tiempo el peligro. Iban rotándose los toros bravíos; el que terminaba, comenzaba a deslizarse entre los marabuzales para ceder su lugar bajo la intemperie, a otro miembro del rebaño.

Nos mantuvimos estáticos, ensimismados ante una escena de tanta fuerza intima que nos revelaba sin nosotros percatarnos, el secreto de la vida. Y de pronto, el jefe del rebaño espantóse, arrastrando en su huida al resto de los toros bravos, algunos aún colmados por la sed. Y es que Aníbal, el jefe del Campamento, pasaba conduciendo su jeep porque hacía inspección al trabajo de las brigadas. Detuvo el vehículo y nos atrapó a todos in fraganti fuera de nuestros puestos de baliceros. Por fortuna, el error no rebasaba los límites colindantes con la desfachatez pues las manecillas del reloj rozaban las seis de la tarde, final de la jornada. El tiempo escaso en que observé la llegada de Aníbal, bastó para que al voltear mi cabeza perdiera la visión del último toro alejándose.

El conductor del jeep me invitó a subir para llegar más rápido y cómodamente al Campamento. Sentada, sentía mis manos trémulas bajo el peso de mi destrozado sombrero de yarey, colmado de guayabas verdes.

No sé si la sensación experimentada en tales momentos fue provocada por el bochorno que me causó la inesperada llegada de Aníbal, pues días antes me había presentado ante él como fiel cumplidora del deber. Mas hoy, despojada de los rezagos de las emociones vividas entonces, me inclino a pensar que aquél estremecimiento de mis sentidos fue causado por la pérdida de la única estampa que pude apresar del huidizo rebaño seductor, cuya bravura sería castigada con la muerte.

“El Rebaño Seductor”  ©

Ana Lucía Ortega Alvarez

La Habana, Güira de Melena

 

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2 Responses

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  1. guides in St.Petersburg
    Jul 01, 2012 - 02:06 AM

    Acabo de libro marcó su blog universoincreible.com en Digg y Technorati. Me gusta leer tus comentarios.

  2. estrella fresnillo
    Nov 02, 2011 - 05:11 AM

    GRACIAS ANA LUCIA POR TU SINGULAR RELATO….TE RECUERDO ANITA, UN ABRAZO, estrella fresnillo

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