Mis primeros viajes a La Habana fueron para tratarme con el psiquiatra. Cap 3

“Los Ángeles vuelven a Casa”  Capítulo 3, de Osvaldo-Antonio Ramírez.

En la capital los médicos están más informados, clínicamente hablando, pero en el fondo, la verdadera razón era que prefería que en el pueblo no me vieran en la consulta del loquero.

Pueblo chiquito, infierno grande, dice el refrán.  Realmente era una forma de huir, alejarme de las pequeñeces de la vida pueblerina y, sobre todo, escapar de la deuda, contraída gracias a que en medio de una de las constantes sacudidas de las carencias, pedí dinero prestado, algo que nunca debí hacer.

Estudié licenciatura en lengua inglesa en el Instituto Superior Pedagógico. Pero nunca me gustó ser profesora.

Los dos últimos años de la carrera debía trabajar de práctica en un preuniversitario. Era una escuela de cuando el país fue atacado por la epidemia de construir secundarias y preuniversitarios en el campo. El preuniversitario tenía el nombre de un mártir pero todos lo conocíamos por El Mosquito porque lo edificaron junto a una presa (otra de las epidemias) y la plaga de insectos atacaba a cualquier hora del día o la noche en oleadas indetenibles.

Terminé abandonando la carrera en el último año y no me pude graduar. Legalmente me falta el título y no me permiten ejercer, pero lo importante es el conocimiento y ése es mío y nadie me lo puede quitar.

Contraje la deuda gracias a que decidí dedicarme a la venta de dólares. Tenía que ser capaz de acercarme a un extranjero o marielito o balsero perdonado para proponer el negocio. Pero, comprar o vender divisas, según el caso, requiere de una inversión inicial.

Necesitaba el dinero para comenzar y me arriesgué: pedí cien dólares prestados a un especulador. Estuve varios días explorando la zona de operaciones. Miraba cómo hacían, el comportamiento de cada uno, la técnica para abordar a los compradores. Hablar inglés no me reportaba ventaja porque allí no iban extranjeros. Tres días fueron suficientes.

Por primera vez me enfrentaba con el bajo mundo. En realidad demasiado alto para llamarlo bajo. La propaganda oficial lo niega pero está ahí: sutil, como un vapor que flota sobre nuestras vidas. Existía una suerte de sindicato tácito que no me aceptaba. Me mantuve apartada. En dos días vendí los cien dólares.

Los pagué, guardé las ganancias para hacer fondo, pedí doscientos más y volví a la carga. La mafia que controla estos bancos de circulación monetaria subterránea no me iba a permitir dentro de ellos. La policía me detuvo. Estoy segura de que la causa fue un chivatazo de alguno de mis colegas. En la unidad me quitaron el dinero y salí bien, según ellos, con una multa de quinientos pesos.

Comencé a sentir escalofríos por todo el cuerpo. Por las noches no podía dormir. Invadida por una extraña necesidad de caminar recorría casi todo el pueblo mañana y tarde, hasta que mami me llevó al médico. Uní todas las píldoras del tratamiento y las tragué.

Me ingresaron en la sala de cuidados especiales después de lavarme el estómago con rapidez suficiente como para salvar la vida. Apenas me repuse vine a esta urbe a la que me une cierto lazo inexplicable de cariño y deseos de abandonarla para siempre.

El próximo domingo:  “La depravación de unos tíos que buscan a una prostituta capaz de recibir en su interior el fruto de la perversión enfermiza”, en el  capítulo 4, de “Los Ángeles vuelven a casa” de Osvaldo-Antonio Ramírez,

 

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3 Responses

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  1. Jacquie
    Oct 20, 2012 - 02:23 AM

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  2. bertha mejias
    Sep 21, 2012 - 08:47 AM

    Es una historia muy triste, pero verdadera. cuanta pena y dolor.

  3. Dorita
    Sep 16, 2012 - 09:28 AM

    Muchas cubanas tienes esta misma historia se repite en miles de bocas hasta yo en cierta medida me veo reflejada. La locura, que cubano no esta loco

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